Las horas de un día pueden ser
ocupadas de tantas maneras, unas más convencionales que otras. Lo interesante
es, o al menos así lo estoy aprendiendo, que la gracia es cómo se conquistan.
Ese sería mi descubrimiento: Las horas de un día, se conquistan. Y eso requiere
de un proceso de seducción que se basa en
estar presente.
Por mi trabajo, he tenido que recorrer las zonas más afectadas del terremoto, y pensar junto a otros, cómo dar respuesta a la recuperación de su patrimonio, motor en esas zonas de las oportunidades económicas que pueden emprenderse y también corazón de todas las comunidades y sus historias.
En esos viajes, no sólo he aprendido de adobe, medidas técnicas, o de gestión y modelos de intervención. También he aprendido de cocina y del significado potente de ser madre. Por eso, he agregado la bajada del título de este proyecto de blog: “Madre y cocinera en formación”
Todas las madres que ejercemos un trabajo podemos hablar de esto. Levantarse, Levantar, abandonar, extrañar, ejercer, regresar, dar, acostar, acostarse y dormir.
En este ciclo, que para algunas es más drástico que para otras, se va tejiendo una red de acontecimientos, de antes y después de todo esto que llamamos vida.
Las madres somos muchas cosas y existe un arte implícito en nuestro rol. El arte de componer música para nuestros hijos, nuestra pareja, trabajos y la propia. Así es, queridas madres somos poseedoras de un don, el de la armonía.
Y en búsqueda de esa armonía, llegue a ese espacio irrenunciable: a la cocina, y declararme aprendiz de las recetas que voy recolectando, en libros, en bitácoras antiguas, en cartas, en toda esa documentación que llega a mis manos y que descubrí que mientras buscaba datos y fechas, me encontré con formas de hacer, de preparar la carne, las sopas deliciosas de hortalizas y hierbas cosechadas, me encontré con historias de madres, de renuncias, de conquistas, de esperas, en tiempos que la velocidad era una carta que salía a mediados de otoño y se recibía con alegría al principio de primavera. Y en todas esas historias, están las madres que reúnen a los suyos en torno a una mesa, celebrando el término de un día, celebrando el fin de una guerra, llorando alguna pérdida, un nacimiento, o recibiendo a aquel hombre y aquel hijo mayor que regresa al calor de la leña para terminar el día en esa simpleza que revindica el cansancio y la rutina.
Yo no tengo una cocina a leña, ni tampoco me he caracterizado por ser el ama de casa que espera a los suyos de esa manera, empolvada en harina. Pero quizás hay en mi, ese deseo de ser esa madre, es algo que me antecede, de lo cual yo no soy tan conciente, pero que en alguna parte de mi esta.
Mientras leo estos documentos desde la madre que soy y junto a la vida de campo que he recibido como un regalo de este tiempo compartido con la comunidad de los pueblos en los cuales he estado trabajando, surge en mi esta madre cocinera.
Desde mi linda cocina comencé a conquistar las horas de mi propio tiempo. Así, cuando dejo el patrimonio, los proyectos, cuentas, informes y agenda en el cuadrante de mi Mac, me entrego en cuerpo y alma a mi cuarto lleno de espacios por descubrir. Y empieza el rito armónico de la alquimia de sabores, donde los olores comienzan a emerger, inundando las habitaciones de la casa, convocando a mis principales comensales.
Descorchando una botella, reunidos en torno a una mesa holandesa del S. XVII de vieja madera, con remaches, testigo de muchas cenas, donde yo no fui la cocinera, pero quizás una mujer como yo cocinó a los suyos y brindó armonía a sus comensales, quizás cuantas historias existen entre todas esas mujeres y yo.
pero ahora es mi tiempo, mis horas conquistadas, mis comensales ... Salud!
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